france italy spain russian emirates japanese chinese portugese 

UN PASEO ITALIANO POR MÚNICH

Residenzpost, Feldherrnhalle... ¿quién se ha traído Roma y Florencia a Múnich?

La relación de Múnich con Italia no comienza con los éxodos de turistas de los años 50 ni con el desfile triunfal de la pizza, sino que se remonta varios cientos de años atrás. Una mujer florentina que se pasee por Múnich probablemente se preguntará quién ha copiado allí su ciudad. Porque ahí está el Palazzo Pitti, aquí la Loggia dei Lanzi y más allá, el orfanato de Brunelleschi. Todos esos edificios están en Florencia. Pero ¿quién se ha traído Florencia a Múnich?

 

Parada nº 1: la plaza Max Joseph (Max-Joseph-Platz)

 

Untitled-1

Izquierda: Palazzo Pitti ( flickr.com/Richard! enjoy my life!); derecha: la Residenz de Múnich (flickr.com/marco_wac)

 

Si se empieza el paseo en la plaza Max Joseph, enseguida se ve uno rodeado por una Florencia concentrada. Lo que parece la fachada de la Residenz muniquesa tiene su original en la ciudad del Arno, donde recibe el nombre de Palazzo Pitti. La familia Pitti perteneció en la Florencia renacentista a una de las más importantes e influyentes dinastías aristocráticas. Mandaron construir en el centro de la ciudad un ostentoso palacio, cubierto de arriba a abajo por enormes sillares de piedra, lo que lo hacía parecer más una fortaleza medieval que una elegante residencia urbana. Leo von Klenze, el arquitecto de la Corte de Luis I de Baviera, suavizó un poco en su interpretación ese crudo y huraño aspecto, para lo que combinó el Palazzo Pitti con otro palacio, el Palazzo Ruccelai de Leon Battista Alberti. Alberti fue uno de los grandes teóricos del Renacimiento. Él volvió a introducir en su Pallazo Ruccelai la clásica división romana de la fachada, con su superposición de órdenes clásicos (dórico, jónico y corintio) por las plantas. Con ello, la Residenz de Klenze parece más estructurada, y menos una fortaleza.

 

Untitled-2

 Izquierda: el orfanato (flickr.com/Poluz); derecha: Residenzpost (flickr.com/RG1033)

 

Justo enfrente se yergue la recién renovada Residenzpost. El modelo que se encuentra en Florencia es el Orfanato, uno de los iconos de la arquitectura renacentista y obra del arquitecto estrella Filippo Brunelleschi. Leo von Klenze transformó un poco la fachada, ya que el edificio no se construyó desde cero, sino que fue una remodelación de un palacio barroco ya existente. Por ello, las proporciones son distintas a las del original. De Leo von Klenze fue también la idea del color rojo de Pompeya de la sala de columnas. Irónico: el palacio barroco que había tras la fachada superpuesta fue destruido durante la guerra y ha desaparecido por completo. La fachada se conserva.

 

Metro: a pie desde la parada de Marienplatz o desde la parada de Odeonsplatz; tranvía: línea 19, parada Nationaltheater

 

Parada nº 2: plaza ante el Feldherrnhalle

 

Untitled-3

Izquierda: Loggia dei Lanzi: flickr.com/Tama Leaver: derecha: Feldherrnhalle: flickr.com/vtveen

 

En la plaza que hay delante de la Iglesia de los Teatinos (Theatinerkirche) nos espera otro monumento florentino: la Loggia dei Lanzi, que en Múnich se llama Feldherrnhalle.

 

El original es un pórtico de la Edad Media en el que se exhiben importantes esculturas del Renacimiento, entre ellas el Perseo de Benvenuto Cellini y el Rapto de las Sabinas de Jean de Boulogne, conocido como Giambologna. En Múnich, la sala porticada está dedicada a algunos generales bávaros, como el conde de Tilly y el príncipe de Wrede. Las esculturas de Múnich no forman parte de la Historia del Arte, pero el pórtico cumple una importante función: permite culminar suavemente la plaza que hay delante de la sala de columnas. Esa era también la idea del arquitecto Friedrich von Gärtner. El Feldherrnhalle no es una mera copia. La diferencia decisiva: Gärtner le puso una base, lo que le da un aspecto más monumental que el del original de Florencia.

 

Metro: Odeonsplatz U3, U4, U5, U6

 

Parada nº 3: Ludwigstraße

Untitled-4

Izquierda: Arco de Constantino en Roma (flickr.com/pppspics); derecha: Arco de la Victoria (flickr.com/Digital cat)

La plaza que hay delante de la Iglesia de los Teatinos (Theatinerkirche) era el límite de Múnich en el siglo XVIII; es decir, ahí se encontraban los muros de la ciudad. Aquí se levantaba antiguamente la puerta de Schwabing y se salía de Múnich en dirección norte. Tras esa puerta empezaba el campo. En ese lugar inició Luis I de Baviera su objetivo más ambicioso: una avenida que debía equipararse con las grandes vías de Roma. Debía ser una avenida triunfal para Múnich, de un kilómetro de largo. Leo von Klenze proyectó la primera parte de la Ludwigstraße a imagen de los palacios romanos y florentinos. A este respecto, Klenze se quejaba al rey Luis I: "... Múnich no es Roma, y el Sr. Meyer no es ni un Farnesio ni un Pitti." Y añadía: "La pobreza de los constructores muniqueses y la necesidad que tenemos en el norte de crear entradas para que pasen la luz y los pocos rayos, así como de poder calentar las habitaciones en invierno, son también obstáculos que se oponen al gusto por las fachadas italianas." En resumen: los monumentales palacios con sus salas de techos altos y sus pequeñas ventanas no pegaban en el frío y lluvioso Múnich. Daba igual, lo que contaba era la apariencia.

 

La gigantesca avenida representaba una enorme demostración de poder para la entonces pequeña Múnich. Al principio fue difícil encontrar constructores y contratistas. Cuando ya estaba terminada la mitad de la Ludwigstraße, el rey Luis I de Baviera cambió de arquitecto. La segunda mitad fue construida por Friedrich von Gärtner, cuyos arcos semicirculares se consideraban más modernos en aquella época. La Ludwigstraße terminaba en el Arco de la Victoria. El modelo se encuentra, por supuesto, en Roma, donde recibe el nombre de Arco de Constantino.

 

A pie desde la Odeonsplatz (ver arriba)

 

Luis I de Baviera

Hay un hombre detrás de todas estas copias: el rey Luis I de Baviera. Sus ideas le dieron a Múnich un impulso decisivo. A comienzos del siglo XIX, las ciudades se transformaron. Los muros medievales dejaron de ser útiles y fueron demolidos, con lo que las ciudades pudieron crecer. Surgió sitio para nuevos barrios, parques y avenidas. Como habían hecho muchos otros monarcas bávaros antes que él, también el rey Luis I viajó a Italia. Pero a diferencia de lo que encontraron sus predecesores, Italia ya no era el floreciente poder económico de siglos pasados, con las ricas Repúblicas de Florencia o Venecia. Luis I vio Italia con los ojos de un viajero del Romanticismo con debilidad por el Renacimiento y la Antigüedad. Luis I quiso llevar ese esplendor del pasado a Múnich y construir con él un monumento.